EDAD DE HIERRO

TEMA 14. EL ARTE DE LA EDAD DEL HIERRO EN EUROPA Y LA PENÍNSULA IBÉRICA

A lo largo de toda la Prehistoria, las sociedades se van complejizando y volviendo más heterogénea, con pueblos regidos por una élite política que desembocará en los primeros estados de la Historia. El arte, de forma paralela, sigue un proceso similar de diversificación, transmitiéndose influencias, estilos y obras de arte entre pueblos geográficamente alejados gracias a la mayor movilidad que procuraron las rutas comerciales y las grandes migraciones. Centros productores de Grecia, Etruria y Mediterráneo oriental  van a influenciar a gran parte de Europa, a pesar de que cada cultura va a tener su propia personalidad.

La Edad del Hierro es el período en el que se descubre y populariza el uso del hierro como material para fabricar armas y herramientas. Esta innovación apareció de forma simultánea con otros cambios tecnológicos y culturales que aceleraron las actividades económicas y culturales de los pueblos de la Europa del I milenio a. C.

Las poblaciones del Bronce Final se van a ver influenciadas por la llegada de otras culturas procedentes de oriente. En Centroeuropa se instalan pueblos de las estepas orientales que van a crear un nuevo tipo de sociedad agraria dominada por una aristocracia guerrera, mientras que en el Mediterráneo y occidente de Europa, las influencias externas proceden de los pueblos fenicios y griegos.

Al final de la Edad del Hierro, se va a consolidar la cultura Celta en Centroeuropa y la cultura Ibérica en la Península. Ambas culturas se solapan entre el final de la Prehistoria y el comienzo de la Historia Antigua, disolviéndose en el mundo romano.

Mapa de distribución de los principales pueblos prerromanos en la Península Ibérica

El hierro, al ser un material abundante en la naturaleza y de fácil extracción, va a romper los monopolios y las rutas comerciales de la Edad del Bronce. Además, por su dureza y flexibilidad, es útil para las armas y las herramientas de todo tipo con una gran operatividad. El metal pierde el carácter de prestigio que había tenido en periodos anteriores a pesar de que su elaboración es de una mayor complejidad.

1. Edad del Hierro en Europa
1.1 Encuadre histórico

Los límites cronológicos de la Edad del Hierro en Europa es difícil de determinar debido a su heterogeneidad. En Centroeuropa, la cultura de Hallstatt supuso una transición entre la Edad del Bronce y la Edad del Hierro. Las dos primeras fases de esta cultura, Hallstatt A y B (1200 -750 a. C.) corresponden a la Edad de Bronce, mientras que las dos últimas fases, Hallstatt C y D (750 – 450 a. C.), pertenece a la Primera Edad del Hierro. El cambio, por tanto, se produce en el siglo VIII a. C. en Centroeuropa, extendiéndose desde Polonia a Francia, llegando hasta la mitad norte de la Península Ibérica.

Los pueblos de las estepas orientales, apoyados por su nuevo armamento de hierro, van a traer a Centroeuropa un nuevo modelo de sociedad agrario gobernado por una aristocracia guerrera. Estos príncipes guerreros van a enterrarse bajo grandes túmulos en carros de cuatro ruedas con un lujoso ajuar de objetos procedentes de Grecia e incluso de China (sedas).

A partir del siglo V a. C., los centros del poder se desplazan desde el norte de los Alpes a la región de Borgoña y el Rin medio, comenzando una nueva cultura denomina La Tène (450 a. C.). Esta cultura se fundirá en la Historia Antigua con la conquista de Roma tras la Guerra de las Galias.

1.2 Hallstatt

La cultura de Hallstatt pertenecía a una comunidad de mineros dedicados a la explotación de las minas de sal de roca abiertas en las laderas de Salzbergtal. La sal, un producto destinado a la exportación, promovió la entrada en Hallstatt de objetos valiosos de otras regiones y el enriquecimiento de una élite.

El arte de Hallstatt durante la Primera Edad del Hierro va a heredar los patrones geométricos del diseño artístico del Bronce Final y va a sumar influencias de culturas de las estepas al este de Europa, como los cimerios y escitas, e influencias griegas que llegan desde el mediterráneo.

La mayoría de objetos artísticos de este periodo procede de los ajuares de ricas tumbas de cámara cubiertas por grandes túmulos de tierra. Entre estas tumbas destaca la inhumación de una princesa en Vix (Borgoña francesa), depositada sobre un carro y ricamente ataviada con objetos ornamentales y simbólicos, como collares, brazaletes y torques. En el ajuar también se encontró una crátera de bronce, decorada al estilo griego, de una extraordinaria calidad artesanal.

Cultura Hallstatt - Crátera de Vix Cultura Hallstatt - Crátera de Vix (detalle)

La cultura de Hallstatt va a combinar temas geométricos (heredados de periodos anteriores) con temas zoomorfos (influencia de los pueblos de las estepas del este). La representación de estos animales, tanto salvajes como domésticos, es muy estilizada y reflejan el significado religioso de los mismos, algo que va a configurar la posterior mitología celta.

1.3 Arte céltico

El final del período de Hallstatt transcurre estrepitosamente, y con signos de violencia. El poblado de Heuneburg es destruido, las tumbas de Hallstatt sufren expoliación y el sistema económico y social de los príncipes se derrumba. Sin embargo, casi al mismo tiempo, resurgen enterramientos en túmulos muy ricos en la región media del Rin. Sus tumbas contienen numerosos vasos etruscos y muchos objetos de arte.

El nuevo arte, que surge entre el 500 y el 450 a. C., en su primera aparición, revela una nueva mentalidad y nuevos principios estéticos. Frente a la contención y la sobriedad del arte de Hallstatt, este nuevo arte es ampuloso y curvilíneo, complejo. Es anicónico y antinarrativo; procede por abstracción con los motivos florales clásicos; confunde las esferas humanas y animales… es el arte de los Celtas. Este arte trata de reflejar el mundo natural creando objetos de gran belleza y cargados de simbolismo religioso, donde la estilización de las figuras y el diseño curvilíneo de los motivos geométricos, cargados de espirales y entrelazos, ha creado un modelo repetidamente imitado por corrientes artísticos de todas las épocas.

Este modelo iconográfico se desarrolla en la Segunda Edad del Hierro, o periodo de La Tène. El arte celta, desde su núcleo centroeuropeo, se extiende al este y al oeste, desde los gálatas de Asia menor hasta Irlanda. Paul Jacobsthal (1880 – 1957) clasificó el arte celta en cuatro estilos o tendencias:

– Estilo primitivo o temprano: Comienza a mediados del siglo V (hacia el 450 a. C.), definiéndose a partir de los suntuosos enterramientos de miembros de las élites guerreras hallados en Alemania y Francia. Este estilo se caracteriza por el uso de motivos estruscos, griegos y orientales. Se trata de motivos curvilíneos, abstractos, de patrones repetitivos, que con frecuencia reproducen temas florales, como hojas de acanto, palmetas y flores de loto. Estos motivos se disponen en una simetría axial.

Arte celta - Copa de oro de la tumba de la princesa de Schawrzenbach (mitad siglo V a. C. - Estilo I)

– Estilo Waldalgesheim o estilo vegetal: Comienza hacia el 350 a. C. y recibe su nombre de una tumba principesca, próxima a Bonn. En este estilo se acentúa la abstracción curvilínea, remplazando la simetría por un tipo de decoración vegetal más libre y fluida que llena todo el espacio con flores que se entrelazan sin fin. A la simetría axial se añade una simetría de rotación.

Arte celta - Casco de Agris (siglo IV a. C. - Estilo II)

– Estilo de relieve plástico: Hacia el año 290 a. C. las decoraciones comienzan a tener un carácter más tridimensional, mediante alto relieves. Los motivos incorporan rostros humanos, animales, frutos, ramas, etc. y se reproducen en objetos funcionales, más o menos utilitarios, como calderos y escudos.

Arte celta - Brazalete de oro de Aurillac (Siglo III a. C. - Estilo III)

– Estilo de las espadas: Comienza a desarrollarse hacia el 190 a. C. Frente al estilo anterior, las decoraciones que cubren la hoja y vaina de las espadas son planos, lineales y abstractos.

La escultura celta en piedra no es muy abundante, aunque tiene cierta importancia en el sur de Francia, donde se han encontrado estatuas menhires relacionada con santuarios. Estas estatuas representan divinidades sentadas o bicéfalas, animales monstruosos devorando humanos o cabezas cortadas.

El arte celta encuentra su expresión más genuina en la decoración de objetos metálicos como armas, escudos, torques, fíbulas, calderos metálicos vinculados a cultos religiosos, etc.

Dentro de los calderos celtas, destaca el caldero de Gundestrup, cubierto de numerosos motivos ornamentales basados en la mitología celta. Aparecen representados los dioses Cernunnos, Taranis y Dagda. También aparecen representaciones de animales exóticos, vinculados con el mundo mediterráneo, lo que ha llevado a considerar que fuese una obra de factura tracia.

Arte celta - Caldero de Gundestrup (Primera mitad del siglo I a. C.)

Tras la conquista romana, los pueblos celtas se confinaron a Escocia e Irlanda. A partir del siglo IV d. C. fueron cristianizados, y desde el siglo VI desarrollaron una estructura eclesial diferente. Esto produjo unos objetos artísticos de gran originalidad que mezclaban motivos geométricos de espirales, motivos entrelazados y cadenas sin fin con escenas bíblicas y simbología cristiana. La larga perduracion del arte celta se debe a su versatilidad y capacidad de adaptación como motivo decorativo a objetos de muy diversa índole.

1.4 Otras artes europeas de la Edad del Hierro

Existen otros focos artísticos en Europa durante la Edad del Hierro, como el Arte Tracio, desarrollado por un pueblo indoeruopeo que ocupó la orilla del Mar Negro, en lo que hoy es norte de Grecia, Bulgaria y Rumanía.

Los tracios, de origen indoeuropeo, ocuparon la península Balcánica desde el III milenio a. C., en la Edad del Bronce. Su civilización se desarrolló hasta el siglo III a. C., con una cultura oral basada en leyendas y mitos, y en la creencia en la inmortalidad.

En el periodo comprendido entre finales del 2000 a. C. y el siglo VI a. c., la principal fuente de este civilización son las tumbas, de dolmen cubierto con un amasijo de piedras o con un túmulo de tierra. La civilización tracia evolucionó rápidamente, desarrollando avanzadas formas de música, poesía, industria y objetos de orfebrería. En el siglo IV a. C. fueron asimilados por el mundo helenístico griego, convirtiéndose en una provincia macedonia.

Los tracios recibieron influencias de los pueblos escitas de las estepas asiáticas, del mundo celta y de sus vecinos griegos, debido en parte a su posición de cruce de caminos y de entrada en Europa por el valle del Danubio. De la cultura material que se ha conservado de esta civilización destacan los tesoros tracios, ajuares funerarios compuestos por piezas de oro de gran valor artístico.

Arte tracio - Ritón del tesoro de Panagyurishte

2. Edad del Hierro en la Península Ibérica
2.1 Encuadre histórico

La Edad del Hierro en la Península Ibérica transcurrió aproximadamente desde el año 800 a. C. hasta la conquista romana de Hispania, que comenzó en el año 218 a. C. Este periodo se divide en dos etapas: La Primera Edad de Hierro, que corresponde a una fase Hallstática peninsular, y la Segunda Edad de Hierro, en el que se desarrolla la Cultura de La Tène. Ambas fases van a estar condicionadas por un sustrato indígena muy diferente a la Europa continental como son las poblaciones del Bronce Final.

Durante la Primera Edad del Hierro, los pueblos prerromanos recibirán diversas influencias: al norte peninsular, influencias centroeuropeas de la Cultura de Campos de Urnas; al sur y la fachada mediterránea peninsular influencias fenicias y griegas, surgiendo el reino de Tartessos.

Tras la caída de la ciudad fenicia de Tiro por los babilonios en el año 573 a. C., las relaciones de poder en el Mediterráneo se reorganizan, generando una presencia mayor de griegos en las costas mediterráneas de la Península Ibérica y el surgimiento del poder cartaginés en la costa del norte de África. Todo ello va a influir para que en la Segunda Edad del Hierro, surjan pueblos con una marcada personalidad propia dentro de la Península Ibérica como son la Cultura Celtibérica (mitad norte), Cultura Castreña (noroeste) y la Cultura Ibérica (sur y fachada mediterránea).

2.2 Las artes de la colonización fenicia

Los fenicios son un pueblo del Levante mediterráneo que habitaba desde la desembocadura del río Orontes al norte, hasta la bahía de Haifa al sur, comprendiendo áreas de los actuales Israel, Siria y Líbano, una región denominada antiguamente Canaán. El nombre étnico que se daban los fenicios a sí mismos era “canaaneos”, traducido por los griegos como phoínikés (“rojos, púrpuras”), muy probablemente por los apreciados tintes de color púrpura con que comerciaban. De phoíniks derivó el término “fenicio”, que se aplica al pueblo descendiente de los cananeos que habitaron el Levante mediterráneo entre el 1200 a. C. y la conquista musulmana. Además, el término “fenicio” también se extendió a sus sucesores africanos, los cartagineses.

Los fenicios desarrollaron una cultura original, cuyas producciones artísticas tienen un fuerte componente artesanal. En sus esculturas, cerámicas, joyas y objetos de metal, predominan influencias egipcias, con elementos asirios, en un primer periodo (desde el siglo X a. C. hasta el siglo VII a. C.), mientras que en un segundo periodo pasó a predominar la influencia griega. Sin embargo, el arte fenicio presenta una mayor tosquedad y eclecticismo que en las obras griegas.

El pueblo fenicio contribuyó a crear un importante vínculo entre las civilizaciones mediterráneas y entre las formas artísticas del mundo antiguo, por imitación, fusión y difusión de ellas. Los fenicios utilizaron un alfabeto fonético para difundir su lengua semita que sirvió de modelo para posteriores alfabetos occidentales, como el de los griegos. Este alfabeto constaba de veintidós signos para las consonantes, careciendo de signos para las vocales.

La cultura fenicia fue muy importante en su época pero, desgraciadamente, han quedado pocas huellas de su historia. Se conoce de su existencia, sobre todo, a través de los textos de otros pueblos que entraron en contacto con ellos, como los asirios, babilonios y, más tarde, los griegos. Según textos antiguos, los fenicios alcanzaron las costas andaluzas hacia el año 1110 a. C, llegando a Sexi (Almuñecar), Onoba (Huelva) y, finalmente en Gadir (Cádiz), donde fundaron el templo de Melqart. Sin embargo, no se han conservado restos arqueológicos fenicios hasta el siglo VIII a. C. A partir de esta fecha se fundaron ciudades fenicias en la costa andaluza y en Ibiza, proporcionando el contacto del sur de la Península Ibérica con los mercados orientales, lo que contribuyó al enriquecimiento de la región. A través de estos contactos, se introdujeron nuevos productos agrícolas (policultivo mediterráneo), animales domésticos (gallina, asno), nuevas técnicas de extracción del hierro y la plata, etc. A nivel cultural, se crea un gusto por lo oriental, conociéndose como el Periodo orientalizante.

Las creencias del pueblo fenicio se organizaban en torno a una tríada de dioses de la que destacaba Baal, responsable del ciclo de las estaciones, y Astarté, diosa de la fecundidad. En la Península Ibérica, los fenicios edificaron templos y santuarios, entre los que destacó por su importancia el dedicado a Melqart en Gadir, el centro religioso más importante de la época en occidente, pero que apenas han quedado restos materiales.

Los fenicios fueron excelentes navegantes, mercaderes y artesanos. Como buenos mercaderes, los fenicios se adaptaron al gusto de sus clientes, elaborando su propia artesanía imitando obras de arte de otras civilizaciones como la egipcia, griega, mesopotámica, siria, etc. Sus creaciones artísticas produjeron un arte ecléctico que sintetizaba las distintas tendencias artísticas de otros pueblos mediterráneos.

En la orfebrería, los fenicios crearon nuevas técnicas en el trabajo con el oro que permitía crear piezas de extraordinaria belleza con una menor cantidad de mineral. Estas piezas de orfebrería se va a caracterizar por el uso de filigranas y granulados junto a una iconografía de influencia egipcia. En la Península Ibérica destaca el taller de Gadir, donde se produjeron piezas de gran calidad técnica y estética, como el llamado sacerdote de Cádiz, figura de un personaje masculino vestido con túnica y que recoge sus manos sobre el pecho.

Arte fenicio - Sacerdote de Cádiz (Siglo VII a. C.)

A parte de la orfebrería, los fenicios trabajaron con muy diversos materiales como: cerámicas de barniz rojo con decoraciones geométricas; marfiles (arquetas, brazaletes, etc.) con decoraciones orientales como flores de loto, grifos o esfinges; vidrios (jarras rituales, ungüentarios, collares, etc.); terracotas (figuras humanas como los thyimiaterion o tipo de incensario), etc.

De arcilla es la denominada “Dama de Ibiza”, figura de 47 centímetros de altura y que data del siglo III a. C. Fue encontrada en la necrópolis situada en el Puig des Molins en la isla de Ibiza. Está realizada a molde y tiene una cavidad en su parte posterior que se cree que serviría para guardar reliquias, ofrendas o cenizas funerarias. Probablemente se trata de la representación de una diosa cartaginesa, como Tanit, equivalente a la diosa Astarté fenicia.

Arte fenicio - Dama de Ibiza (Siglo III a. C.)

2.3 Las artes de la colonización griega

Entre los siglos VIII y VI a. C. los griegos crearon diversas colonias por el Mediterráneo. Tras la fundación de Massalia (Marsella) en el siglo VI a. C., los griegos comenzaron la colonización del litoral mediterráneo de la Península Ibérica, fundando Emporion (Ampurias) hacia el 580 a. C., Rhode (Rosas), etc. Existen referencias a otras fundaciones más meridionales como Hemeroskopeion (Denia) o Maikane (cerca de Málaga), sin embargo, no se han encontrado restos arqueológicos.

Al establecerse esta serie de asentamientos comerciales griegos en la costa mediterránea, la región va a notar una clara influencia griega en el arte, en la lengua y en la cultura. Se multiplican los hallazgos de objetos artísticos griegos que evidencian una presencia intensa y extensa de los griegos entre las poblaciones peninsulares.

En el año 537 a. C., los griegos se van a enfrentar a cartagineses y a sus aliados etruscos, en la Batalla de Alalia. La flota griega quedó muy castigada tras la batalla, perdiendo el dominio en Córcega y finalizando su expansión por el Mediterráneo Occidental. No obstante, mantuvieron algunas colonias como Massalia, y sus objetos artísticos siguieron siendo muy apreciados.

Entre los objetos artísticos más importantes que se han conservado en la Península Ibérica, destaca el conjunto escultórico de la ciudad de Ampurias, como la escultura de Afrodita y la escultura de Esculapio. Esta última fue hallada en Ampurias en 1909, siendo la mejor escultura griega en piedra del Mediterráneo occidental, y la única de grandes proporciones encontrada en la Península Ibérica. Tiene unas dimensiones ligeramente superiores al natural y fue trabajada en dos partes independientes: una de mármol de la isla de Paros, y la otra de mármol del Pentélico. La estatua formaba parte del Templo de Esculapio de Ampurias, dedicado al dios griego de la medicina, hijo de Apolo y de la mortal Coronis. Sin embargo, tras la restauración realizada en el año 2007, ha sembrado la duda sobre la identidad del dios representado, pudiendo ser Serapis, figura tardía vinculada también a la medicina y que se veneraba en Alejandría.

Arte griego - Esculapio de Ampurias (Siglo II a. C.)

Del interior peninsular, como Badajoz o Albacete, se han conservado diversas figuras de bronce que representan a dioses griegos, centauros, sátiros, silenos, etc. Realizadas mediante el sistema de la cera perdida, supondrían una gran influencia para la pequeña estatuaria de bronce ibérica. Un ejemplo de estas esculturas de bronce es el “Centauro de Royos”, que data del año 550 a. C. Esta pieza es un exvoto y representa a un centauro arcaico con las piernas delanteras de un humano. Realizada a la cera perdida, se encontró en Caravaca de la Cruz (Murcia), aunque se cree que procede de talleres peloponésicos.

Arte griego - Centauro de Royos (550 a. C.)

De la cerámica griega, destacan los vasos áticos de figuras rojas y negras importadas desde Ampurias por su gran calidad. A partir del siglo III a. C., estos vasos serán sustituidos por los de barniz negro.

2.4 Tartessos y el periodo orientalizante

En el suroeste de la Península Ibérica van a confluir corrientes culturales atlánticas y mediterráneas desde el Bronce Final. Estos contactos favorecieron el comercio de todo tipo de productos, en especial agrícolas  y ganaderos, junto con la explotación minera de metales. La zona se enriqueció, lo que permitió la fundación de diversas ciudades como Gadir por parte de los fenicios. Todo ello contribuyó a que surgiese la civilización de Tartessos, cuyas élites adoptaron las formas de vida, religión y gobierno al modo de las monarquías orientales.

El núcleo original de la cultura tartesia comprende aproximadamente el territorio de las actuales provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, con dos áreas especialmente importantes como los centros mineros de los ríos Tinto y Odiel y la llanura agropecuaria del Guadalquivir. La aparición de los primeros poblados tartésicos datan del Bronce Final, compuestos por casas de planta ovalada o circular y situados en lugares estratégicos donde dominaban los caminos terrestres y los recursos agrícolas y mineros de la región. Ya en la Edad del Hierro, durante los siglos VIII, VII y VI a. C. se va a producir un apogeo socio-cultural de la civilización tartésica. Tras la Batalla de Alalia, con la derrota de griegos por la coalición de cartagineses y etruscos, Tartessos se quedó sin un importante aliado comercial, desapareciendo abruptamente de la historia. A partir de la Batalla de Alalia no existen más referencias escritas sobre Tartessos, los centros de poder político-económico se desplazaron hacia la periferia del área tartésica.

No existe mucha información arqueológica sobre la civilización tartésica, incluso se desconoce la situación de la propia ciudad de Tartessos que según las fuentes antiguas se localizaba en la desembocadura del Guadalquivir pero que nunca se ha hallado. Algunos de los yacimientos más importantes que se podrían considerar tartésicos son los de La Aliseda, Asta Regia, Cancho Roano, El Carambolo o Tejada la Vieja.

En el poblado de Carambolo (Sevilla) se halló un conjunto de varias piezas de oro y cerámica, asociadas a un santuario de tipo fenicio. El Tesoro de Carambolo (siglo VII – VI a. C.) muestra un exquisito trabajo de orfebrería fenicia, realizado con diversas técnicas de ejecución: fundición a la cera perdida, laminado, troquelado y soldado. Por las concavidades que presentan algunas piezas, se cree que tuvieron que llevar incrustaciones de turquesas, piedras semipreciosas o de origen vítreo. Una de las joyas más destacadas es un collar con decoración floral de la que penden sellos giratorios al modo oriental.

Arte tartésico - Tesoro de Carambolo

El Tesoro de La Aliseda (Cáceres) es un conjunto que formaba parte del ajuar de una tumba femenina. Con casi trescientas piezas, el Tesoro muestra una iconografía típicamente oriental: grifos, esfinges aladas, palmetas, discos solares… Fechado en torno al año 625 a. C., está formado mayoritariamente por piezas de oro que presentan filigranas y cincelados.

La orfebrería tartésica alcanzó una gran belleza y altura técnica con el uso de granulados, filigranas y repujados añadidos a láminas de metal mediante soldadura, troquelado o estampado. Todo ello indica un enorme conocimiento de las técnicas para trabajar el metal y sus aleaciones por parte de artesanos locales, destacando el denominado taller de Cádiz.

2.5 El arte ibérico

La Cultura Ibérica es la cultura común desarrollada por pueblos política y socialmente diferentes que ocuparon la fachada mediterránea y sur de la Península Ibérica entre los siglos VI al I a. C. La Cultura Ibérica va a asimilar influencias centroeuropeas y también fenicias y griegas, para desarrollar una cultura con personalidad propias pero con diferentes peculiaridades debido a las diversas etnias que conformaron dicha cultura y al diferente contacto con los colonizadores fenicios, griegos, y más tarde, cartagineses.

La evolución de la Cultura Ibérica se puede establecer en tres etapas:

1. Ibérico Antiguo (Siglos VI y V a. C.): Etapa de formación de la cultura que coincide con la caída de Tartessos, civilización que influyó notablemente en el mundo ibérico. Presenta una gran influencia fenicia y griega. En esta etapa de formación de la Cultura Ibérica se observa la creación de los asentamientos típicos íberos, los oppida, convirtiéndose en centros de poder.

2. Ibérico Medio (Siglos IV y III a. C.): Etapa de afirmación de los grandes ciudades, de gran esplendor y de desarrollo de las artes. Se mantiene la influencia púnica en Ibiza y por otro lado se recibe la influencia de la Cultura de la Tène, desarrollada en el Norte de Europa, en cuanto a objetos metálicos y costumbres rituales. Se tienen contactos con Italia y se producen intercambios culturales a gran escala. Durante este período se adopta la moneda y se produce la expansión de la escritura.

3. Ibérico Reciente (Siglos II y I a. C.): Coincide con la ocupación de la Península por Toma y la consiguiente romanización de la Península, con gran influencia por lo cartaginés, sobre todo en la zona del Levante peninsular.

El conocimiento que se tiene sobre los íberos se basa en los restos arqueológicos y en los textos clásicos de griegos (con historiadores como Hecateo de Mileto, HeródotoDiodoro o Estrabón) y romanos (como Livio), puesto que la escritura ibérica aún no ha sido traducida. Los pueblos íberos se basan en sociedades complejas y muy religiosas. La muerte y el ritual funerario, consistente en la cremación, en la que se situaba al difunto junto a su ajuar ha permitido conocer la cultura material y la sociedad ibera, en la que existían clases dominantes que controlaban la producción, la distribución y las vías de comercio.

2.5.1 La arquitectura funeraria ibérica

Desde el siglo V a. C. los pueblos íberos se van asentar en oppida o asentamientos emplazados en alto, con un importante sistema defensivo, con murallas de mampostería o sillares. El urbanismo de estos oppida ibéricos tiende hacia la ortogonalidad en asentamientos en llano (Isleta de Campello o El Oral en Alicante…) mientras que se observa mayor irregularidad y adaptación al terreno en asentamientos en alto (La Bastida de les Acluses en Valencia…). En los oppida se disponían las viviendas y los edificios públicos de los cuales se conocen sólo algunos templos. De la arquitectura civil ibérica han quedad pocos restos apreciables debido al uso de materiales perecederos y a la intensa romanización que sufrieron posteriormente. Los ejemplos más importantes de la arquitectura ibérica que sí se han conservado es la arquitectura funeraria.

Por influencia centroeuropea, el rito de enterramiento ibérico es la incineración que se realizaba en un complejo ritual que incluía un banquete funerario. Las cenizas se depositaban en un vaso cerámico, diferentes tipos de urna o en una escultura que presentaba un vacío para albergarlas. El recipiente funerario se depositaba en dos tipologías de arquitectura funeraria: en cámaras subterráneas o en sepulcros turriformes.

Las cámaras subterráneas, habituales en la Alta Andalucía, eran de origen fenicio. Se excavaban bajo tierra y reproducían la idea de la casa como morada funeraria para la vida en el más allá. Estas cámaras funerarias eran coronadas con un túmulo (montículo o colina artificial) que señalaba y cubría el lugar de enterramiento de las cenizas del difunto. Estas tumbas eran reflejo del estamento social, mostrando el poder y la riqueza de las élites sociales y acompañando las cenizas con un rico ajuar funerario como armas, objetos personales del difunto, piezas de prestigio como vasos griegos pintados, joyas, etc. Dentro de las tumbas de cámara destaca la tumba de Baza (Granada) donde se encontró una escultura íbera labrada en piedra caliza policromada del siglo IV a. C. conocida como Dama de Baza.

Arte ibero - Camara sepulcral con la Dama de Baza (Siglo IV a. C.)

Sobre los túmulos funerarios o de forma exenta, se levantaron monumentos formados por un basamento escalonado sobre el que se asienta un pilar de piedra o por un pilar compuesto de sillares cuadrados y unidos por grapas constructivas, denominado Pilares-estela. Sobre el pilar se disponía un cimacio con forma de tronco de pirámide liso o decorado con elementos orientales, y en ocasiones el conjunto se coronaba con una escultura zoomorfa como esfinges, grifos, toros, leones, animales fantásticos, etc.

Los monumentos turriformes consisten en construcciones verticales de sillares de piedra sobre un basamento escalonado. Éste puede presentar en su parte inferior sillares zoomorfos de esquina o centrales, mientras que en la parte superior del monumento se corona con esculturas femeninas tumbadas o por cavetos o nacelas. Aunque muchos de estos monumentos fueron destruidos ya a finales del siglo V a. C., este enterramiento correspondía a la forma de enterramiento del más alto escalón social, situándose en lugares estratégicos fuera de las necrópolis.

El sepulcro turriforme más importante conservado es el de Pozo Moro que se encontraba en Chinchilla (Albacete), en un cruce estratégico de vías de la Antigüedad. Los sillares que lo formaban aparecieron caídos, pero a partir de su disposición se ha podido reconstruir. Gracias a los objetos del ajuar asociado al sepulcro se ha podido fechar hacia el año 500 a. C. para albergar las cenizas de un rey íbero. El Sepulcro de Pozo Moro tendría unos 10 metros de altura sobre una base escalonada de 3,65 metros de lado. Esta base sostenía un cuerpo vertical que presenta en su parte inferior cuatro leones esculpidos en las esquinas, siguiendo modelos orientales. También presenta una decoración con bajorrelieves mitológicos alusivos al más allá de influencia neohitita, y dirigidas a resaltar ante la sociedad el carácter sacro del rey y su vinculación con la divinidad. Algunos de los mitos representados son los trabajos de Hércules o la representación de un banquete con seres de aspecto monstruoso.

Arte ibero - Sepulcro de Pozo Moro (Siglo VI a. C.)

2.5.2 La escultura en piedra

La escultura ibérica que se ha conservado está realizada en piedra caliza blanda que con el tiempo, ante la exposición al aire libre, va endureciendo pero que al ser sacada de la cantera tiene la propiedad de trabajarse con facilidad. Esto ha contribuido a hipotizar sobre la posibilidad de que en el Arte íbero existiese una producción de esculturas de madera, cuyas técnicas de trabajo serían parecidas a las de la piedra caliza. Es lo que autores como García Bellido han denominado fase antigua xoánica. 

Los grupos escultóricos ibéricos conservados son esencialmente funerarios, pertenecientes a piezas o conjuntos conmemorativos como las esculturas zoomorfas guardianes de tumbas y lugares de cultos (toros, esfinges, leones, animales fantásticos compuestos de varios animales o híbridos humano-animal…). De todo el imaginario animal destaca la Bicha de Balazote (Albacete) del siglo VI a. C., síntesis de un toro en reposo con cabeza humana. La representación del toro es de gran naturalismo y con una gran precisión en los detalles, como las pezuñas, la prominencia del hueso de la cadera, la cola, etc. La cabeza representa un hombre barbudo, que se vuelve hacia un lado y que presenta unos pequeños cuernos y orejas también de toro. Esta cabeza comparte las particularidades de las esculturas griegas arcaicas y de raíces hititas: hieratismo, barba y cabellera a base de surcos rectos y geometrizados.

Arte ibero - Bicha de Balazote (Siglo VI a. C.)

En Porcuna (Jaén) se halló un conjunto escultórico perteneciente a la tumba de un alto personaje. Este conjunto está formado por figuras de gran tamaño en movimiento, finamente talladas y que datan del siglo V a. C. La mayor parte de las estatuas son representaciones de caballos y guerreros armados en escenas de combate, formando un conjunto homogéneo con sentido propio, por lo que probablemente el trabajo fuese de un solo taller, aunque con varios artífices. Emparentado con el estilo final de la escultura griega arcaica y el comienzo del periodo clásico, está particularmente relacionado con los artista de Focea. De hecho, se cree que es posible que el trabajo fuera dirigido por un escultor griego debido al correcto modelado de la anatomía, la serenidad del rostro, la suavidad de las aristas y el dinamismo en la representación del movimiento.

Arte íbero - Conjunto escultórico de Porcuna, Jaén (Siglo V a. C.)

Las esculturas íberas más representativas de su cultura son las denominadas “Damas”. Se trata de figuras femeninas, ricamente adornadas con joyas y ropajes, que están vacías en su interior para albergar las cenizas del difunto y por tanto para servir como urnas cinerarias.

La escultura más conocida es la Dama de Elche, hallada en La Alcudia en 1897. Su hallazgo supuso el reconocimiento europeo de una nueva cultura, generando un gran interés por encontrar sus orígenes. En la actualidad se fecha entre los siglos V y principios del IV a. C., contemporánea a la Dama de Baza y la Gran Dama Oferente del Cerro de los Santos. La interpretación de esta figura está rodeada de gran controversia. En ella se aprecian diversas influencias: por un lado en cuanto al esquema iconográfico está relacionada con las terracotas púnicas de Ibiza, mientras que otros elementos como el tocado y las rodelas tienen su antecedente en la estatuaria griega arcaica (forma oblicua de los ojos, las cejas arqueadas, labios firmemente perfilados…). Labrada en bulto redondo, representa a una dama de rostro idealizado, ricamente vestida y enjoyada. Originariamente estuvo policromada y con los ojos rellenos de pasta vítrea. En la parte posterior presenta una oquedad para albergar las cenizas del difunto, aunque existen otras teorías como la de elemento de inserción de un machón para sujetar el busto a la pared o como contenedor de reliquias.

Arte íbero - Dama de Elche (Siglo IV a. C.)

La Dama de Baza se disponía en una cámara funeraria donde había además un ánfora púnica, armas quemadas y otros objetos que formaban la panoplia de un guerrero. La escultura presenta una mujer sentada en un trono que tiene alas en el respaldo. Las patas delanteras del trono presenta motivos zoomorfos como garras de león. La superficie está rematada con la técnica del estucado y pintada en policromía (azul, rojo, castaño y negro). Unos grandes pendientes enmarcan un rostro de facciones mediterráneas. Presenta numerosas joyas, con el cuello cubierto por cuatro gargantillas, un collar formado por cuentas en forma de tonel al que se enganchan cinco colgantes, diversos anillos y en cada muñeca se distinguen varios aros. Como vestimenta lleva una túnica azul con una cenefa en parte inferior y un manto que va desde cabeza a los pies y que forma pliegues en los laterales de la cabeza y sobre el cuerpo. En su mano derecha, la dama sostiene un pichón pintado de azul cuyo ojo está representado por un círculo negro.

Arte íbero - Dama de Baza (Siglo IV a. C.)

2.5.3 Los bronces votivos

Los exvotos ibéricos son un capítulo de gran importancia dentro de esta cultura por su calidad y por su cantidad. Estas figurillas de pequeño tamaño de hombres, mujeres y animales realizados por la técnica de la cera perdida, aparecen en santuarios ibéricos como los de Sierra Morena o La Alberca (Murcia). Estos santuarios públicos aparecieron en el siglo IV a. C. como lugares de peregrinación con ocasión de la celebración de rituales de diversa naturaleza. Los íberos sacralizaban lugares en el paisaje, normalmente zonas elevadas con grandes vistas, muchas veces situados cerca de manantiales de agua, a los que se atribuían poderes relacionados con divinidades subterráneas.

Los exvotos en el mundo ibérico representaban un modo de dialogar con los dioses, pues eran ofrendas de los particulares a la divinidad, siguiendo una tradición oriental introducida por los fenicios y griegos en la Península Ibérica desde el siglo VII a. C. Los exvotos eran dones que se depositaban en los santuarios para obtener el favor o agradecer la intercesión de la divinidad.

Por el hallazgo de herramientas en los santuarios y de crisoles de fundición, se cree que los exvotos se realizaban in situ. Existen grandes dudas para su datación y evolución ya que falta un contexto arqueológico claro que ayude a fecharlos, aunque desde un punto de vista estilístico se aprecia una evolución en los ritos de paso, indumentarias y los grupos de edad o género.

En la etapa Ibérica Antigua (Siglos IV y V a. C.), se establecen tipos marcados por las influencias exteriores, como son los jinetes y las figuras de caballos, hombres con largas túnicas y guerreros jóvenes a pie con túnica corta con destacadas hebillas, mientras que la tipología femenina presenta damas cubiertas por velos. También aparece cierto expresionismo en la representación de grandes manos en actitud de plegaria o los genitales masculinos desproporcionadamente grandes.

Durante la etapa Ibérica Media (Siglos IV y III a. C.), los tipos estilísticos sufren una evolución, multiplicándose además las formas. Se generalizan las estatuíllas esquemáticas generalmente forjadas o recortadas y las representaciones de partes del cuerpo.

Finalmente, en la etapa Ibérica Reciente (Siglos II y I a. C.), se observa la plasmación de posturas más libres, con menor frontalidad, intentando la ejecución del volumen de la vestimenta y la expresión de los sentimientos.

Arte íbero - Exvotos ibéricos (Siglos IV y III a. C.)

2.5.4 La pintura sobre cerámica

La Cultura Ibérica mostró un elevado interés por la alfarería y la producción cerámica. Los primeros descubrimientos de la cerámica ibérica se realizaron en el siglo XIX, aunque se consideraron micénica. Posteriores estudios y hallazgos han permitido clarificar y arrojar más luz sobre la cerámica ibérica.

La cerámica ibérica es un claro exponente de las peculiaridades de la Cultura Ibérica, pues aúna influencias centroeuropeas (en su elaboración), con influencias orientales (en las formas cerámicas y en la iconografía), dando como resultado un objeto artístico específicamente ibérico. Las decoraciones pictórica en un primer momento consistió en motivos geométricos sencillos con alternancia de bandas anchas y estrechas, semicírculos concéntricos, etc. La figura se introdujo posteriormente (a partir del siglo III a. C.), primero con representaciones vegetales, realizadas con pinceles y compás múltiple, y posteriormente con figuras animales y humanas.

Los motivos decorativos aparecen con un dibujo detallista, en las que la figura puede aparecer aislada o con motivos vegetales, animales geométricos, siempre con una gran fantasía en la representación. La separación de los motivos se hace por frisos superpuestos, dando lugar a espacios muy abigarrados, apreciándose el horro vacui.

En el siglo III a. C., con la introducción de la figura, aparecerán tres grandes escuelas o estilos que se prolongarán hasta el final de la Cultura Ibérica en el siglo I a. C. Estos estilos reciben su nombre a las principales localidades de producción:

– Estilo Elche-Archena o estilo simbólico: Se caracterizan por las decoraciones vegetales como hojas de hiedra, pámpanos, espirales, zarcillos, etc. que rellenan figuras de aves con alas desplegadas y de animales temibles como los denominados carnassier (carniceros). Estos animales fantásticos eran mezcla de lobo y león, con garras de águilas y lengua de serpiente, apareciendo sólo o acompañados de aves o figuras humanas. Es frecuente que los carnassier aparezcan en kalathos, tinajas y oinokhoes. Esta iconografía también puede incluir figuras femeninas que representan a la diosa Tanit, proporcionando a la cerámica un claro contenido religioso y funerario. El estilo Elche-Archena también se denomina estilo simbólico, pues el código iconográfico utilizado esconde un lenguaje cargado de simbolismo que aún resulta desconocido.

– Estilo Oliva-Liria o estilo narrativo: En la decoración aparece la representación de la vida cotidiana con escenas de caza, danza, guerra, lucha, etc. Se caracteriza por su gran espontaneidad y libre del formalismo del estilo simbólico. Las representaciones son sencillas y de cierta ingenuidad, pero muy fieles a la realidad en los detalles representados (vestimentas, armamento, calzado, peinados…). Las formas cerámicas más habituales son entre otras las lebetas, y a partir del siglo III el kalathos.

– Estilo Azaila: Localizada en la región de Aragón, esta cerámica va a presentar una clara influencia helenística primero y romana después, pudiendo ser el exponente material de pactos políticos y acuerdos entre comunidades sobre delimitación de pastos, zonas agrícolas, etc.

Arte íbero - Kalathos ibérico de estilo Elche-Archena

2.6 Otras artes del Hierro II peninsular

Durante la Edad del Hierro, en la Península Ibérica se dieron otras culturas, aunque no alcanzaron el esplendor de la Cultura Ibérica. Algunas de estas culturas fueron la Cultura Celtibérica y la Cultura Castreña.

. La Cultura Celtibérica: Los objetos materiales más importantes de esta cultura son los broches de cinturón, las armas y vainas decoradas con nielados de plata y con motivos geométricos de inspiración céltica (Miraveche de Burgos, Monte Bernorio de Palencia, etc.). La cerámica celtibérica presentan motivos geométricos centroeuropeos como espirales o cruces gamadas, con figuras de animales y humanas, realizadas en pintura negra sobre el barro rojo y en ocasiones con policromía. Lo más destacado de la Cultura Celtibérica son las esculturas de animales de gran tamaño, realizadas en piedra granítica, denominadas verracos. Estas esculturas evidencian una sociedad basada en la ganadería, como los pueblos vetones de la meseta norte. Se cree que estas figuras de animales marcaban los terrenos e infundían protección para el ganado.

Cultura celtibérica - Toros de Guisando (Ávila)

. La Cultura Castreña: Localizada al noroeste peninsular, sufrió la influencia celta tal y como aparece en la decoración con motivos geométricos de espirales y trísqueles en edificios o esculturas de grandes guerreros. Estas esculturas de guerreros también se denominan “guerreros lusitanos”, y muestran otros rasgos característicos de la cultura celta como los grandes torques que lucen en el cuello.

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